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lunes, 23 de agosto de 2010

Un ciego, una ex oruga y los hombres.


“El ciego caminó, hasta llegar al comienzo del puente colgante donde, se detuvo. Luego de lanzar un respiro hondo, avanzó hasta lograr llegar al otro lado del puente.”
Hoy miraba en clase a un compañero que carece del sentido de la vista que participaba como yo de la clase. Y pensé ¿cómo hará para recordar todo? Y recordé la frase de Celia Guichal donde dice el “Viaje y escritura no solo comparten una modalidad de conocimiento: la escritura puede ser una  forma de viaje.” aquí todo se complicaba más –en mi razonamiento-.
Hasta que se me vino la imagen del comienzo. El hombre no ve, pero siente desde otro lugar; por ende hay un registro (una escritura sensible) de ciertas experiencias previas que permiten recordar sensiblemente, en este caso ‘llegar al puente’. El no sabe que había un puente, pero llega a reconocer que lo hay. Y no permite irse al fondo del precipicio. Pudo haber meditado desistir, pero siguió hasta llegar al otro lado.
Se superó una vez más.
Ahora cuando pienso en todos aquellos que compran libros de autoayuda, y que mientras los leen sienten cierto gozo de ‘intento de superación’ por el hecho mismo de leer, lo que deberían hacer  –según el autor-, pero que aún no han realizado. Si conocerse significa buscar para afuera, dejando de lado la implicancia de padecer el conocerse a uno mismo, por esto creo, esta sociedad anda jugando a lo que debería ser mientras no hace mucho para ello. Siempre hablamos de ‘la gente’ como si nosotros no fuéramos gente. Vemos al otro como el culpable, mientras Gandhi decía “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.
Ahora todos creemos, apoyados en el imaginario de las películas, que cambiar significa cortar todo e irse a otro lugar. Todos lo hacemos de alguna manera. Dejamos de ver a la ex novia, pero no dejamos el hábito o manera que generó el alejarla. Cambiamos de país pero repetimos los errores del pasado.
Celia dice: “siempre que se cruza una frontera hay peligro. Peligro de adentrarse en  lo desconocido y ya no poder regresar a la situación inicial. Peligro de muerte. De alguna forma de muerte.”  Todo cambia. Nada es estático, cada ficha que en el ajedrez se mueve transforma el panorama. Entonces ¿por qué le tenemos miedo al cambio, a la transformación? Acaso ¿no nos fascina cuando nos enamoramos y vivimos vívida y sensorialmente cada instante, ciclo y demás, a pesar que todo esto hace parte de un proceso de transformación? Qué mejor vivir la muerte. Hace un par de años, me quejaba de algo que sufría y un amigo me dijo, “disfrute el dolor, reconózcalo y vívalo. El dolor es natural a la existencia y al hombre mismo” Así mismo lo debe vivir la serpiente, cuando deja una piel y reconoce lo ‘nuevo’ de la piel que ahora posee. O la oruga tener que dejar de ser quién es para ser de otro modo.

Tal vez si las mariposas escribiesen, nos contarían la epopeya de ser uno y luego otro. Sería todo un viaje y un súper relato. Toda una noción nunca antes vista. “Relato del viaje y transformación de una ex oruga”, escrito por… Y sin grandes pretensiones, generar una escritura que exponga una vivencia literal de un cambio interno y externo, dado a la vez.
Mientras tanto seguimos los hombres y mujeres comprando combustibles para el alma y pastillitas para el corazón. Tal vez así, como la ex oruga, los hombres “ávidos” de cambio expondríamos todas las perspectivas sobre las experiencias vividas, diferente a la que producen los ácidos, el paco,  o una “e-drug”.

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