Radio Bazurto!


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martes, 23 de noviembre de 2010

¡ viva el nazismo !


Un hombre que no es un hombre. Tal parece ser para los demás, nada más que un espécimen traído de otro lugar. Una cosa que habla pero no a nuestra manera, que tiene ojos pero no ve como nosotros, posee ropas pero no como las nuestras, piensa pero… 


En la diversidad está el placer -dicen unos-, pero en la uniformidad se construye la tranquilidad y seguridad –piensan otros-. Un mundo lleno de diferencias, una naturaleza que determina lo particular y el hombre en su mundo artificial goza en el acto de la estandarización. En ese proceso el fin justifica los medios… Vemos así un Calibán seguro de sí mismo, capaz de adentrarse en los lugares más inhóspitos para apoderarse de cualquier cosa que pueda transformar luego en capital simbólico o monetario.

Con la idea de ‘ampliar el conocimiento de…’, someten con la intolerancia, la dignidad de sujetos en busca de sus saberes, costumbres y creencias. Usarlos o acercarse a ellos para “conocer” de sí, cuando en el medio se ejerce otro tipo de violencia más sutil. Verlos como diferentes desde un lugar prejuicioso e irrespetuoso, aunque creamos no lo sea. Es allí cuando la producción de conocimiento transgrede el límite sobre su objeto de estudio. Comenzar una clase respetando al ‘otro’ (Toba) y al final haber construido cierto desprecio y sentimiento de ‘no nos sirve’. En la medicina en dónde no se contempla al paciente como humano sino como material de trabajo, ¿En las ciencias no habrá un debate ético y moral de lo que se estudia (objeto)? 

Entonces, ¿Qué clase de conocimiento construye este Calibán que luego enseñará orgullosamente a sus calibancitos, y luego ellos honrarán como GRAN SABER?  ¿A costa de qué?

Unos arriba y otros abajo, un mundo liberalizado y todos a gritar: “América para los americanos” Se puede decir que el concepto genérico de occidental conjuga perfectamente con el registro constitutivo de los ‘Americanos’.

Calibán (chupasangre por naturaleza  –paradójicamente-) no llega a amar al otro, sino a sí mismo. Esto gracias a que succiona la sangre de otros para mantenerse vivo y poder mantener el amor de sí, vitaliciamente. Sus ideas y preguntas parece, tienen que ser resueltas, así el que contenga la respuesta no desee entregársela. Rendirse a los “intereses” condicionan al Toba a recibir toda la carga social contenida en los otros, así el contexto sea académico. Allí el conocimiento se convierte en un arma de dominación a través del ‘conocer al otro’. Un tipo de adquisición, de dominio. Al final tendremos que entender que los nazis fueron derrotados, pero el nazismo vive y reina felizmente por nuestra pradera, pese a vislumbrar un panorama que alardea democracia por doquier.

jueves, 18 de noviembre de 2010

This is Colombia (Tercer versión)


Los años ochenta, una década en plena ebullición, recibía alegremente un nuevo ser a participar de la fiesta que se venía celebrando.  Actos como la toma del palacio de justicia por el M19 o la masacre de Tacueyó donde mientras yo llegaba otros 164 eran despedidos. Aquí los cocteles eran cruciales, pues se tomaban con mucho ahínco y pasión: armas cortopunsantes, armamento corto y largo, a manos de un ala disidente de las FARC. 

Cuatro años después en plena campaña presidencial, Luis Carlos Galán Sarmiento proponía la extradición de los narcos para los ‘yunais’ (yunaites esteits), y obvio: los implicados (Pablito Escobar, etc.) le dieron de su propia medicina: una extradición al más allá.  Luego su formula vicepresidencial iba a tomar un vuelo, que fue derribado con sus 205 pasajeros, salvo que al final no lo tomó. El mejor fue el cierre del año, pues fue con bombos y platillos: un carro bomba contra el DAS y fue tan emotivo que 104 se murieron de la felicidad y 600 resultaron heridos de explosiva pasión. 

Noche tras noche los noticieros eran una serie repetida de episodios: piletas de sangre, pedazos de cuerpos, gentecita secuestrada y algunos llorando por ahí, mientras que yo apenas me chupaba el dedo gordo y cantaba las rondas que aprendía.

Los años noventa estuvieron acompañados de unos aguardientes y una buena salsa[1]: cuando el candidato presidencial Carlos Pizarro, ex guerrillero del M19 danzaba “el baile de los que sobran”, que le musicalizaban los paramilitares (AUC) en 1990. También por la toma de la base militar ‘las delicias’ por las FARC  en 1996 (31 falleciditos), la base militar en el cerro de Patascoy por las FARC en 1997 y de la población de Mitú por las FARC en 1998* (con 40-60 muertos, 61 secuestrados y 10 civiles muertos) Dos de estos secuestrados aún están en manos de las FARC, ¿quién sabe haciendo qué? o ¿esperando qué?

A finales del decenio este pechito tenía quince años, a la vez que el mundo especulaba su fin por un tal ‘Y2K’, mientras los países seguían por TV la celebración de cada nación por la llegada del nuevo milenio. Ya me imagino al ‘’narco’ brindando por los australianos con champán y comiendo chancho relleno frente a su TV de 70’, diciendo: ¡Feliz año, clientecitos! Para mí la situación no solo era la misma de toda la vida, si no que mi tónica hacia ella era de total desinterés. Supongo que era igual en el resto del país, ¿Qué mejor ver por TV cómo celebran en Australia, Inglaterra, Alemania, Francia y Suiza, no?

Esto fue así hasta que falleció mi abuela paterna. Solo hasta que el muerto perdió su condición de ‘bulto de carne’, el entierro como ‘abonar la tierra’ y el llanto como un mero fetiche circunstancial. Algo cambió. Ver a mi padre llorar calladamente, tener que acercarme al ataúd para luego cargarlo y corroborar que era la que tiempo antes reía, hablaba y tocaba la guitarra. Todo se reducía a un antes y un después, en donde la muerte tocaba mi puerta mientras yo la atendía en pijama.

Respecto a lo que pensaba hasta el momento, todo entraba en cuestión. Mi mirada se dirigió hacia la muerte que se producía y reproducía fuera de casa. Me acerqué a los “noticieros”. Estos mostraban amónicamente entre motosierras, bombitas, fusilillos, macheticos, minas y cilindritos bomba, un país que se construía sobre el desamparo de unos y la opulencia de otros.

Al son de “…un año que viene y otro que se va…[2] los colombianos celebrábamos en el 2000 la masacre de “el salado” donde 100 personas de tanto bailar cayeron muertas al piso; seguramente se gozaron a todo pulmón la canción de la motosierra, la del machete, la de las piedras y palos animada por las FARC.  Dos años después en un enfrentamiento entre las FARC y las AUC, un cilindro de gas fue despedido por los aires cayendo sobre la iglesia del pueblo. Allí estaban todos los habitantes resguardándose del aguacero de municiones, pues era la única construcción de ladrillo que había. No sobrevivió ni la propia cruz de un tal Jesús salvador y así 119 dijeron: amén (así sea). Nací, me crié y viví toda mi vida escuchando al unísono, los discursos de la guerra sin afectarme en lo más mínimo. La vida en la capital hace de las suyas, porque allí se está exento de todo lo que en el campo se sufre. La gente vive la realidad como cualquier ciudad, a la que solo llega la guerra a través del monolito de la industria cultural: los medios masivos de comunicación.

Cada año iba entendiendo que las cosas no venían por buen camino y no andarían mejor. Estudiaba por esa época artes escénicas y el prisma de miradas se abría enormemente. La realidad parecía tonarse más complicada, pero a la vez yo adquiría herramientas para comprenderla y tomar una mejor postura. Cuando los hombres y mujeres se plantean quiénes son y qué quieren, el mundo se detiene agresivamente. Al cuestionar la tradición, las costumbres, las ideas heredadas, las normas y los modos, el conjunto de la sociedad se levanta con furia y busca calmarte, callarte y si uno continúa terminas segregado. A la gente le incomodan las preguntas, aunque implora respuestas, ¿de ahí que los libros sagrados sean fuertemente vendidos? y ¿Qué la tele sea un exitoso consolador?

Reconociendo mi pertenencia a esta sociedad adormilada, capaz de legitimar la muerte y justificar la impunidad, llego a entender algo: Las víctimas son más llamativas si tienen menos posibilidades de defensa, es decir sean más vulnerables socialmente o el caso contrario, muy importantes y reconocidas, también serán aquellas en las que el modo de asesinato sea más cruento e igualmente si la cantidad es alta. Pero sobre todo serán de gran recordación si suman estos tres elementos en uno solo. Caso concreto: las fosas comunes o los hornos crematorios (no precisamente los de las funerarias).

Saturado de beber el coctel narcotizante de sangre, orgasmos, dinero y amor que la tele regala, más la serie de incógnitas e indignación creciente que vivía, me surge la necesidad de seguir estudiando y así decido viajar al exterior.  Al llegar a Buenos Aires algo de mi vida se nutrió de otra cosa. El Iuna y su gente aportaron grandes cantidades de nuevas ideas y miradas, pero muy importante fue el contraste que se generó el estar en otra sociedad. Se diversificaron los puntos de vista, se enriquecieron mis argumentos y otros llegaron. Esto gracias también a lo que como sociedad habían vivido y me compartieron. Mis preguntas, deducciones y respuestas alcanzaron límites antes desconocidos.

Escuchar a toda una sociedad  con un referente tan marcado como la última dictadura, el proceso neoliberal de los noventa y el corralito, me permitieron identificar que reconocían históricamente algunos de sus errores como colectivo, lo que aprendieron de ello y lo que había que evitar. Cuando llegas a un lugar, a sabiendas que de dónde vienes este proceso no sucede, se te funde el corazón y las palabras se apagan. El ideario de colombianidad (la mirada de cosas positivas) se te rompe en mil pedazos y observas la verdad: ves quién eres y a donde perteneces. Identificas que ese ideario ha sido construido para tapar toda una realidad.

En esta nueva instancia tienes un boquete de gran tamaño en el pecho. Pero como dije antes es poder ver la realidad: la verdad; una que fue esquiva desde siempre gracias al nivel de naturalización que estaba enquistada en los sentidos y lo que otros hicieron para taparla. De allí en más, cada parte del rompecabezas ‘Colombia’ es repensada y un hombre emerge de las profundidades de la alienación insensible. Aún así la realidad no ha cambiado y sigue produciéndose y reproduciéndose.

Estas han sido algunas de las confesiones por solo uno de los actores del conflicto, las Autodefensas Unidas de Colombia. El uso de hornos para la desaparición de los cuerpos, evitando que la comunidad internacional conozca sobre el incremento de los “números”. También saber que hay 103.000 víctimas confesas por las AUC pero que sean 294.479 las registradas. Que los secuestros entre 1996 y 2010 por las AUC fueron 24.400 personas. Que los sindicalistas asesinados en los últimos dos decenios hasta 2007 fueron casi de 3000 a manos de las AUC, y que el número total de desplazados por la violencia es de 3.163.889 siendo el primero en la lista entre todos los países y el 7% de la población total de Colombia.


Identificar un gobierno corrupto, explotador y asesino, una sociedad anestesiada que se prostituye bajo las leyes del entretenimiento, el consumo y el alcohol. Un país millonario y con cero oportunidades,  una clase aristócrata recalcitrantemente rica y una clase baja fetichizadamente miserable, una ilegalidad reinante y una institucionalidad prepaga. La constitución establece “asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana”. Derechos que en la práctica son bienes (objetos) de lujo que solo unos pocos pueden pagar. Una clase política que lucha con buena parte de los recursos del país contra la droga y para pagar la deuda externa, mientras en sus fiestas privadas comen caviar, se tiran a las nenitas prepagas de las universidades más caras del país, al tiempo que se meten a la nariz los dedos de blanco. ¡THIS IS COLOMBIA!



Nadie decide dónde nacer. Nadie decide nacer. ¿Quién carajo lucha por la vida, cuando para todo lo demás existe master card? ¿Ese es el jodido fin de la existencia? De igual manera hay muchos con capacidad para apagarla, así el fin sean unos dolaretes. Nacer en el lugar “equivocado” no es un error, pero hacer equivocado el lugar, sí.


[1] Género musical.
[2] Verso de una canción concerniente a la fiesta de fin de año. De tinte popular.

Proceso de escritura del ensayo.


Días después de la muerte de Mariano Ferreira, entraba a la clase práctica de Taller de expresión I. Llegaba unos minutos tarde y la profesora Claudia me hizo referencia sobre el saludar. Entonces estando parado hice el gesto típico que hacen los actores al finalizar una función. “Saludé a mis compañeros”… 

Con intención de ser gracioso y sin notar una respuesta que correspondiera a ello, noté contrariamente más bien, una gélida presencia en el recinto. Para mí era un martes primaveral, de esos que confirman realmente que el invierno se ha marchado; por tal motivo radiaba de alegría pues el invierno lo padezco a más no poder. Así que al sentarme y ver que algo sucedía, pese a no entender muy bien de que se trataba, tuve la necesidad de escuchar la conversación que se venía dando.

Pablo es trabajador ferroviario y al parecer había comentado –antes de yo llegar- que el asesinato lo sentía “como si hubiese sido en el patio trasero de casa”. Claudia sacaba a colación esta frase para referirse a que esto no solo se podía estar generando en el ámbito ferroviario, sino que en otros espacios y circuitos también. Ahí dije: ¡CHAN! . Caía en razón del por qué habitaba un ambiente  sentido, mientras me hacía el gracioso.
En este punto intenté mirar, como actor que soy, las actitudes de toda la clase y en ellas lograr entrever lo que pudiese estar pasándoles a cada uno. Vi generalizadamente un sentimiento de luto, un momento sentido. Y yo indiferente pese a reconocer la muerte de mariano. Entonces mi historia personal en Colombia llegó a mi mente a contrastarse con este momento y situación (la del asesinato). Comprendí que había vivido durante años de manera insensible respecto a la guerra, con sus miles de muertes, mientras una parte de la sociedad Argentina estaba lamentando un solo asesinato. En clase ese día se definieron los temas a trabajar y de allí elegí este.

Al escribir sucedieron muchas cosas como reabrir fechas, momentos e historias que no recordaba. Hacer un recuento  con su respectiva contextualización y en llave con mi vivencia personal en ese momento. Todo ello me llevó a visualizar, comprender, magnificar mi historia y los hechos como desarrollo histórico.  Ello me llevó por momentos a sentir culpa, a llorar, al enojo, a excusarme y de alguna manera a pedir perdón. A la vez comprender un poco más la realidad de donde vengo y que me constituye.

Concretamente al escribir habían varias dificultades (más las personales ya mencionadas), pues debía estar jugado desde un estilo ensayístico (Swift-Negroni), sumándole la postura y resolución personal.  Por momentos sentía que debía pelear conmigo mismo, entonces me excusé y busqué la manera de encontrar los argumentos obvios para demostrar que mi ‘indiferencia’ no era una decisión personal. En otros momentos culpabilicé al estado, a la elite, y a las generaciones adultas de la sociedad en general. Al final comprendí que era en parte todo, incluyéndome…

Fue un proceso doble: el ensayo mismo y mi sentir-razón (postura-estructura de vida).
Luego de las anotaciones intenté la primer parte jugarla a modo de swift, pues allí estarían puestos irónicamente los hechos, reflejando y acusando mi indiferencia y la de todos. Luego al reconocer la muerte, se da un cambio y ahí se acerca al tono de Negroni, volviendo más ‘humano’ (como analogía) al proceso de aceptación y “reconocimiento”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

This is Colombia (segunda versión)


Los años ochenta, una década en plena ebullición, recibía alegremente un nuevo ser a participar de la fiesta que se venía celebrando.  Actos como la toma del palacio de justicia por el M19 o la masacre de Tacueyó, que mientras yo llegaba otros 164 eran despedidos. Aquí los cocteles eran cruciales, pues se tomaban con mucho ahínco y pasión: armas cortopunsantes, armamento corto y largo, celebrado por las manos de un ala disidente de las FARC. Este fue mi recibimiento en 1985. Cuatro años después en plena campaña presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento proponía la extradición de los narcos para los ‘yunais’ (yunaites esteits), y obvio: los implicados (cartel de Medellín – Pablito Escobar) le dieron de su propia medicina: una extradición al más allá.  Luego su formula vicepresidencial iba a tomar un vuelo, que fue derribado con sus 205 pasajeros: solo que al final no lo tomó. El mejor fue el cierre del año, pues fue con bombos y platillos: un carro bomba contra el DAS que fue tan emotivo que 104 se murieron de la felicidad y 600 resultaron heridos de explosiva pasión. 

Noche tras noche los noticieros eran una serie repetida de episodios, manchados de sangre, con pedazos de cuerpos, gentecita secuestrada y algunos llorando por ahí, mientras que yo apenas me chupaba el dedo gordo y cantaba las rondas que aprendía. Los años noventa estuvieron acompañados de unos aguardientes y una buena salsa[1], cuando el candidato presidencial Carlos Pizarro, ex guerrillero del M19 jugaba el baile de la muerte que le plantearon los paramilitares (AUC) en 1990, también en la toma de la base militar de ‘las delicias’ por las FARC  en 1996 con 31 muertos, la base militar en el cerro de Patascoy por las FARC en 1997 y de la población de Mitú por las FARC en 1998* (40-60 muertos, 61 secuestrados y 10 civiles muertos) Dos de estos secuestrados aún están en manos de las FARC, ¿quién sabe haciendo qué? o ¿esperando que?

A finales del decenio este pechito tenía quince años, a la vez que el mundo especulaba su fin por un tal ‘Y2K’, mientras los países seguían por TV la celebración de cada nación por la llegada del nuevo milenio. Ya me imagino al ‘’narco’ brindando por los australianos con champán y comiendo chancho relleno, diciendo: ¡Feliz año!, frente a su TV de 70’’. Para mí la situación no solo era la misma si no que mi tónica hacia ella era la de siempre: total desinterés. Supongo que la misma del resto del país, ¿Qué mejor ver por TV cómo celebran en Australia, Japón, y Singapur, no? Esto fue así hasta que falleció mi abuela paterna. Solo hasta que el muerto perdió su condición de ‘bulto de carne’, el entierro como ‘abonar la tierra’ y el rezo como un mero fetiche religioso, algo cambió. Ver a mi padre llorar, tener que acercarme al ataúd para luego cargarlo y corroborar que era la que tiempo antes reía, hablaba y tocaba la guitarra. Todo se reducía a un antes y un después, donde la muerte tocaba mi puerta mientras yo la atendía en pijama.

Una cantidad de preguntas me asaltaron, pues todo lo que había creído hasta el momento entraba en cuestión. Mi mirada se dirigió hacia la muerte que se producía y reproducía fuera de casa. Los “noticieros” mostraban lúdica y morbosillamente entre motosierras, bombitas, fusilillos, macheticos y cilindritos bomba, un país que se construía sobre el desamparo de unos y la opulencia de otros, al ritmo de un buen vallenato[1].

Y al son de “…un año que viene y otro que se va…[2] los colombianos celebrábamos la masacre de “el salado” donde 100 personas de tanto bailar cayeron muertas al piso; seguramente se gozaron a todo pulmón la canción de la motosierra, la del machete, la de las piedras y palos por las FARC en el 2000.  Dos años después en un enfrentamiento entre las FARC y las AUC, un cilindro de gas fue despedido por los aires, cayendo sobre la iglesia del pueblo. Allí estaban todos los habitantes resguardándose del aguacero de municiones, pues era la única construcción de ladrillo que había. No sobrevivió ni la propia cruz de un tal Jesús salvador y así 119 dijeron amén. Nací, me crié y viví toda mi vida escuchando al unísono los discursos de la sangre, pero tal, pareció no tocarme en lo más mínimo. La vida en la capital hace de las suyas, porque allí se está exento de todo lo que en el campo se sufre: la gente vive la realidad de cualquier ciudad a la que solo llega la guerra a través del monolito de la industria cultural: los medios masivos de comunicación.

Cada año iba entendiendo que las cosas no venían por buen camino y no andarían mejor. Estudiaba por esa época artes escénicas y el prisma de posibilidades se abría enormemente. La realidad parecía tonarse más complicada, pero a la vez yo adquiría herramientas para comprenderla y tomar una mejor postura frente a los hechos. Cuando los hombres y mujeres se plantean quiénes son y qué quieren, el mundo se detiene agresivamente. Al cuestionar la tradición, las costumbres, las ideas heredadas, las normas y los modos, el conjunto de la sociedad se levanta con furia y busca calmarte, callarte y si uno continúa terminas segregado. A la gente le incomodan las preguntas, aunque implora respuestas, ¿de ahí que los libros sagrados sean fuertemente vendidos?

Reconociendo mi pertenencia a esta sociedad adormilada, capaz de legitimar la muerte y justificar la impunidad, llego a entender algo: las víctimas son más llamativas si tienen menos posibilidades de defensa (con base en un nivel educativo, económico y/o cultural), es decir sean más vulnerables socialmente o el caso contrario, muy importantes y reconocidas, también serán aquellas en las que el modo de asesinato sea más cruento e igualmente si la cantidad es alta, pero sobre todo serán de gran recordación si suman estos tres elementos en uno solo. Caso concreto: las fosas comunes o los hornos crematorios (no precisamente los de las funerarias).

Saturado de beber el coctel narcotizante de sangre, orgasmos, dinero y amor que la tele regala, sumada a la serie de incógnitas e indignación creciente, me surge a la necesidad de seguir estudiando y así decido viajar al exterior.  Al llegar a Buenos Aires algo de mi vida se nutrió de otra cosa. El Iuna y su gente aportaron grandes cantidades de nuevas ideas y miradas, pero muy importante fue el contraste que se generó el estar en otra sociedad, pues se diversificaron las miradas, se enriquecieron mis argumentos y nuevos llegaron, gracias también a lo que como sociedad habían vivido y me compartieron. De allí las preguntas, las deducciones y las respuestas alcanzaron límites antes desconocidos, pero lo más importante: poder sentir más sinceramente al otro.

Escuchar a toda una sociedad  con un referente tan marcado como la última dictadura, el proceso neoliberal de los noventa y el corralito, me permitieron identificarlos de tal manera que reconocían históricamente algunos de sus errores como colectivo, lo que aprendieron de ello y lo que había que evitar. Cuando vienes con las valijas sangrantes y a sabiendas que de dónde vienes esto no sucede, se te funde el corazón y las palabras se apagan. El ideario de colombianidad (la mirada de cosas positivas) se te rompe en mil pedazos y observas la verdad: ves quién eres.

Más cifras: el uso de hornos para la desaparición de los cuerpos para evitar que la comunidad internacional conozca sobre el incremento de los “números”, también saber que hay 103.000 víctimas confesas por las AUC pero que sean 294.479 registradas en total, que los secuestros entre 1996 y 2010 por las AUC fueron de 24.400 personas, que los sindicalistas asesinados en los últimos dos decenios hasta 2007 fueron casi de 3000 a manos de las AUC, y que el número total de desplazados por la violencia es de 3.163.889 siendo el primero en la lista entre todos los países y el 7% de la población total de Colombia. Vale la pena recordar que las AUC no son los únicos grupos armados sino también el ELN, EPL, FARC, EJÉRCITO NACIONAL, BACRIM y la DELICUENCIA COMÚN.

En esta nueva instancia intentar concebir esto te abre un boquete de gran tamaño en el pecho. Pero como dije antes es poder ver la realidad: la verdad; una que fue esquiva desde siempre gracias al nivel de naturalización que estaba enquistada en los sentidos. De allí en más, cada parte del rompecabezas ‘Colombia’ es repensada y un hombre emerge de las profundidades de la alienación insensible. Ahora creo poder ver un poco mejor:

Identificar un gobierno corrupto, explotador y asesino, una sociedad anestesiada que se prostituye bajo las leyes del entretenimiento, el consumo y el alcohol, un país millonario y un pueblo pobre,  una clase aristócrata recalcitrantemente rica y una clase baja fetichizadamente miserable, una ilegalidad reinante y una institucionalidad prepaga. La constitución establece “asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana”, pero que en la práctica son artículos de lujo que solo unos pocos pueden pagar. Una clase política que lucha con todos los recursos del país contra la droga mientras en sus fiestas privadas comen caviar, se tiran las nenitas prepagas de las universidades más caras del país, al tiempo que se meten a la nariz los dedos de blanco. ¡THIS IS COLOMBIA!

¿Estaré viendo bien? o mejor plantearse como dice Beckett: ¡es mejor no pensar!


[1] Géneros Musicales
[2] Verso de una canción concerniente a la fiesta de fin de año. De tinte popular.