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domingo, 14 de noviembre de 2010

This is Colombia (segunda versión)


Los años ochenta, una década en plena ebullición, recibía alegremente un nuevo ser a participar de la fiesta que se venía celebrando.  Actos como la toma del palacio de justicia por el M19 o la masacre de Tacueyó, que mientras yo llegaba otros 164 eran despedidos. Aquí los cocteles eran cruciales, pues se tomaban con mucho ahínco y pasión: armas cortopunsantes, armamento corto y largo, celebrado por las manos de un ala disidente de las FARC. Este fue mi recibimiento en 1985. Cuatro años después en plena campaña presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento proponía la extradición de los narcos para los ‘yunais’ (yunaites esteits), y obvio: los implicados (cartel de Medellín – Pablito Escobar) le dieron de su propia medicina: una extradición al más allá.  Luego su formula vicepresidencial iba a tomar un vuelo, que fue derribado con sus 205 pasajeros: solo que al final no lo tomó. El mejor fue el cierre del año, pues fue con bombos y platillos: un carro bomba contra el DAS que fue tan emotivo que 104 se murieron de la felicidad y 600 resultaron heridos de explosiva pasión. 

Noche tras noche los noticieros eran una serie repetida de episodios, manchados de sangre, con pedazos de cuerpos, gentecita secuestrada y algunos llorando por ahí, mientras que yo apenas me chupaba el dedo gordo y cantaba las rondas que aprendía. Los años noventa estuvieron acompañados de unos aguardientes y una buena salsa[1], cuando el candidato presidencial Carlos Pizarro, ex guerrillero del M19 jugaba el baile de la muerte que le plantearon los paramilitares (AUC) en 1990, también en la toma de la base militar de ‘las delicias’ por las FARC  en 1996 con 31 muertos, la base militar en el cerro de Patascoy por las FARC en 1997 y de la población de Mitú por las FARC en 1998* (40-60 muertos, 61 secuestrados y 10 civiles muertos) Dos de estos secuestrados aún están en manos de las FARC, ¿quién sabe haciendo qué? o ¿esperando que?

A finales del decenio este pechito tenía quince años, a la vez que el mundo especulaba su fin por un tal ‘Y2K’, mientras los países seguían por TV la celebración de cada nación por la llegada del nuevo milenio. Ya me imagino al ‘’narco’ brindando por los australianos con champán y comiendo chancho relleno, diciendo: ¡Feliz año!, frente a su TV de 70’’. Para mí la situación no solo era la misma si no que mi tónica hacia ella era la de siempre: total desinterés. Supongo que la misma del resto del país, ¿Qué mejor ver por TV cómo celebran en Australia, Japón, y Singapur, no? Esto fue así hasta que falleció mi abuela paterna. Solo hasta que el muerto perdió su condición de ‘bulto de carne’, el entierro como ‘abonar la tierra’ y el rezo como un mero fetiche religioso, algo cambió. Ver a mi padre llorar, tener que acercarme al ataúd para luego cargarlo y corroborar que era la que tiempo antes reía, hablaba y tocaba la guitarra. Todo se reducía a un antes y un después, donde la muerte tocaba mi puerta mientras yo la atendía en pijama.

Una cantidad de preguntas me asaltaron, pues todo lo que había creído hasta el momento entraba en cuestión. Mi mirada se dirigió hacia la muerte que se producía y reproducía fuera de casa. Los “noticieros” mostraban lúdica y morbosillamente entre motosierras, bombitas, fusilillos, macheticos y cilindritos bomba, un país que se construía sobre el desamparo de unos y la opulencia de otros, al ritmo de un buen vallenato[1].

Y al son de “…un año que viene y otro que se va…[2] los colombianos celebrábamos la masacre de “el salado” donde 100 personas de tanto bailar cayeron muertas al piso; seguramente se gozaron a todo pulmón la canción de la motosierra, la del machete, la de las piedras y palos por las FARC en el 2000.  Dos años después en un enfrentamiento entre las FARC y las AUC, un cilindro de gas fue despedido por los aires, cayendo sobre la iglesia del pueblo. Allí estaban todos los habitantes resguardándose del aguacero de municiones, pues era la única construcción de ladrillo que había. No sobrevivió ni la propia cruz de un tal Jesús salvador y así 119 dijeron amén. Nací, me crié y viví toda mi vida escuchando al unísono los discursos de la sangre, pero tal, pareció no tocarme en lo más mínimo. La vida en la capital hace de las suyas, porque allí se está exento de todo lo que en el campo se sufre: la gente vive la realidad de cualquier ciudad a la que solo llega la guerra a través del monolito de la industria cultural: los medios masivos de comunicación.

Cada año iba entendiendo que las cosas no venían por buen camino y no andarían mejor. Estudiaba por esa época artes escénicas y el prisma de posibilidades se abría enormemente. La realidad parecía tonarse más complicada, pero a la vez yo adquiría herramientas para comprenderla y tomar una mejor postura frente a los hechos. Cuando los hombres y mujeres se plantean quiénes son y qué quieren, el mundo se detiene agresivamente. Al cuestionar la tradición, las costumbres, las ideas heredadas, las normas y los modos, el conjunto de la sociedad se levanta con furia y busca calmarte, callarte y si uno continúa terminas segregado. A la gente le incomodan las preguntas, aunque implora respuestas, ¿de ahí que los libros sagrados sean fuertemente vendidos?

Reconociendo mi pertenencia a esta sociedad adormilada, capaz de legitimar la muerte y justificar la impunidad, llego a entender algo: las víctimas son más llamativas si tienen menos posibilidades de defensa (con base en un nivel educativo, económico y/o cultural), es decir sean más vulnerables socialmente o el caso contrario, muy importantes y reconocidas, también serán aquellas en las que el modo de asesinato sea más cruento e igualmente si la cantidad es alta, pero sobre todo serán de gran recordación si suman estos tres elementos en uno solo. Caso concreto: las fosas comunes o los hornos crematorios (no precisamente los de las funerarias).

Saturado de beber el coctel narcotizante de sangre, orgasmos, dinero y amor que la tele regala, sumada a la serie de incógnitas e indignación creciente, me surge a la necesidad de seguir estudiando y así decido viajar al exterior.  Al llegar a Buenos Aires algo de mi vida se nutrió de otra cosa. El Iuna y su gente aportaron grandes cantidades de nuevas ideas y miradas, pero muy importante fue el contraste que se generó el estar en otra sociedad, pues se diversificaron las miradas, se enriquecieron mis argumentos y nuevos llegaron, gracias también a lo que como sociedad habían vivido y me compartieron. De allí las preguntas, las deducciones y las respuestas alcanzaron límites antes desconocidos, pero lo más importante: poder sentir más sinceramente al otro.

Escuchar a toda una sociedad  con un referente tan marcado como la última dictadura, el proceso neoliberal de los noventa y el corralito, me permitieron identificarlos de tal manera que reconocían históricamente algunos de sus errores como colectivo, lo que aprendieron de ello y lo que había que evitar. Cuando vienes con las valijas sangrantes y a sabiendas que de dónde vienes esto no sucede, se te funde el corazón y las palabras se apagan. El ideario de colombianidad (la mirada de cosas positivas) se te rompe en mil pedazos y observas la verdad: ves quién eres.

Más cifras: el uso de hornos para la desaparición de los cuerpos para evitar que la comunidad internacional conozca sobre el incremento de los “números”, también saber que hay 103.000 víctimas confesas por las AUC pero que sean 294.479 registradas en total, que los secuestros entre 1996 y 2010 por las AUC fueron de 24.400 personas, que los sindicalistas asesinados en los últimos dos decenios hasta 2007 fueron casi de 3000 a manos de las AUC, y que el número total de desplazados por la violencia es de 3.163.889 siendo el primero en la lista entre todos los países y el 7% de la población total de Colombia. Vale la pena recordar que las AUC no son los únicos grupos armados sino también el ELN, EPL, FARC, EJÉRCITO NACIONAL, BACRIM y la DELICUENCIA COMÚN.

En esta nueva instancia intentar concebir esto te abre un boquete de gran tamaño en el pecho. Pero como dije antes es poder ver la realidad: la verdad; una que fue esquiva desde siempre gracias al nivel de naturalización que estaba enquistada en los sentidos. De allí en más, cada parte del rompecabezas ‘Colombia’ es repensada y un hombre emerge de las profundidades de la alienación insensible. Ahora creo poder ver un poco mejor:

Identificar un gobierno corrupto, explotador y asesino, una sociedad anestesiada que se prostituye bajo las leyes del entretenimiento, el consumo y el alcohol, un país millonario y un pueblo pobre,  una clase aristócrata recalcitrantemente rica y una clase baja fetichizadamente miserable, una ilegalidad reinante y una institucionalidad prepaga. La constitución establece “asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana”, pero que en la práctica son artículos de lujo que solo unos pocos pueden pagar. Una clase política que lucha con todos los recursos del país contra la droga mientras en sus fiestas privadas comen caviar, se tiran las nenitas prepagas de las universidades más caras del país, al tiempo que se meten a la nariz los dedos de blanco. ¡THIS IS COLOMBIA!

¿Estaré viendo bien? o mejor plantearse como dice Beckett: ¡es mejor no pensar!


[1] Géneros Musicales
[2] Verso de una canción concerniente a la fiesta de fin de año. De tinte popular.

martes, 2 de noviembre de 2010

this is colombia

Cuando apenas este criaturo posaba en el vientre de su madre, llegados a los tres primeros meses de gestación los médicos le expusieron a la paciente (mi madre): el bebé o usted. Justo en ese momento tuvo un flashback de un par de años atrás, cuando vivenció un aborto natural de mellizos. Ahora la historia parecía repetirse con un ingrediente más, su propia vida se ponía en juego y sobre todo la nueva oportunidad de ser padres por segunda vez.

Ella y él (mi padre) apostaron a una sola cosa: ¡la madre y el hijo juntos!, con todo lo que ello implicaría. Por tal motivo, tendría que estar recostada hasta el día del alumbramiento con total quietud mientras vivía a su vez  el embarazo. Por lo general en esta etapa las mujeres viven diversas situaciones, entre las que se cuentan los miedos acerca del desarrollo físico y mental que tendrá el futuro neonato. Dada la situación de inmovilidad no solo tenía un repertorio ‘natural’ de miedos sino que debía sumarle una especie de ‘Bonus track’ en el que su vida y la de ‘el niño’ estaban puestas en juego.

En 1985 logran llevar a buen puerto la apuesta y esta vez la muerte había perdido dos a cero.  Mediados de los ochenta, una década crucial, ya que marcaría el camino que tendría que recorrer Colombia en las décadas siguientes. Digo crucial por ser elegante, pero realmente fue una década brutalmente violenta, siendo el primer tramo de un largo camino que se repetiría sin cesar hasta el día de hoy. Actos como la toma del palacio de justicia por el M19 o la masacre de Tacueyó perpetrada con armas cortopunsantes, armas cortas y largas por un ala disidente de las FARC que ‘se llevó’ a 164 sujetos, ambos episodios en 1985, y el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento por el cartel de Medellín, el derribamiento del vuelo 203 de Avianca suprimiendo a 110 de un tajo, el carro bomba al DAS dejando como saldo 104 muertos y 600 heridos, los tres actos en 1989.

Mientras yo solo sabía cuántos años tenía abriendo los dedos de mi mano derecha, noche tras noche los noticieros daban cuenta de los innumerables decesos, atentados, secuestros, heridos y sus familiares velando los cuerpos, en suma un mundo que parecía se caía a pedazos. Pasaron los años y las cifras fueron engordando jugosamente, pues en los noventa la cosa se puso mejor y nuevos episodios dieron de que hablar. Casos como el asesinato del candidato presidencial Carlos Pizarro, ex guerrillero del M19 ejecutado por los paramilitares (AUC) en 1990, la toma de la base militar de ‘las delicias’ por las FARC  de la mano de 600 hombres en 1996 (31 muertos,
17 heridos y 60 secuestrados), la toma de la base militar en el cerro de Patascoy por las FARC con 300 hombres en 1997, y la toma de la población de Mitú donde se enfrentaron 120 policías contra 1900 de las FARC en 1998* (40-60 muertos, 38 heridos, 61 secuestrados y 10 civiles muertos) entre estos secuestrados dos aún pertenecen en poder de las FARC, cumpliendo 12 años en cautiverio.

Eran finales de los noventa y este pechito tenía quince años, el mundo se debatía si se iba a terminar por un tal ‘Y2K’ de las computadoras y los países estaban como locos por ver cómo celebraba cada uno el nuevo milenio. Sin embargo una década después las cosas no habían mejorado, pero hasta que un suceso  concreto:  el fallecimiento de mi abuela paterna, me hizo pensar en la muerte como algo verdadero, posible y real. La televisión funcionó para mi hasta ese momento como un artilugio dedicado enteramente a la ficción, pues de entre los noticieros (y “sus realidades”) pasaban a la novela del momento o alguna película, sin el menor reparo. Solo hasta que directamente tuve que acercarme al ataúd, mi visión de la muerte cambiaría notoriamente, pues no es lo mismo saber que está Marte en el espacio, que pisarlo. 


Empezaba un nuevo milenio y una serie de incógnitas venían poco a poco a buscarme. Preguntas que dadas las circunstancias de mi país debía, pese a que no todos lo hacen, construir e intentar resolver.  Empecé a mirar noticias como algo necesario para estar informado, para poder construir una imagen del mundo que habitaba y así tomar postura, de acuerdo a un criterio –se supone debía poder construir-. Concebir entonces que había “buenos” y “malos”, balas y caídos, motosierras y sangre construyendo otro país lejos de la ciudad. Todo lo miraba desde mi casa a la hora de la noche, cenando. Allí y sin darme cuenta pasando bocado tras bocado, las historias, sucesos y personajes pasaban día tras día sin cesar por mis ojos, hasta que de tanto que ví me generó la necesidad de entender lo suficiente para establecer alguna opinión sobre alguna vía de escape a este tuti frutti; así una necesidad imperiosa de justicia habitó a este bípedo.

Pensar en un gobierno corrupto, una sociedad anestesiada y prostituyéndose bajo las leyes del mercado, un país millonario y un pueblo pobre,  una clase aristócrata recalcitrantemente rica y unos pobres fetichizadamente pobres, una ilegalidad reinante y una institucionalidad prepaga. THIS IS COLOMBIA. Durante los primeros años del milenio diversos hechos hicieron aparición pública como: la masacre de “el salado” que con motosierras, armas ligeras, piedras y palos hubo 100 asesinatos por parte de las AUC en el 2000, otra como el enfrentamiento entre las FARC y las AUC con una pipeta de gas (cilindro -garrafas de gas) estalló la iglesia (único lugar de ladrillo) del pueblo donde sus habitantes se protegían de las balas, dejando 119 muertos en el año 2002.  Cada suceso ha ido ametrallando la sensibilidad, dejándola en un estado de dureza crónico.

Nací, me crié y viví toda mi vida escuchando unísonamente el discurso de la sangre y el dolor, pero más significativo ha sido intentar reconstruir el por qué de la actualidad colombiana. Esto ha ido generando una conciencia por sobre la guerra nacional (que unos idiotas pretenden llamar conflicto armado), y lo que hace que subsista tras décadas de existencia.

Con el paso de los años luego de mi partida del país y habiendo estudiado artes escénicas, fui resensibilizándome. En todo este proceso de redescubrimiento, varias cosas han pasado, entre las que se cuentan que la identificación del dolor en uno mismo dependerá de diversos factores. Esto sugiere una situación a analizar y es que hay ciertas muertes que no tocan en lo más mínimo, no solo por su “lejanía” sino también por el contexto (en el que cuento a sus ejecutores) y el modo.  Evidentemente no estoy a favor de la muerte de nadie, ni ‘me dan igual’, pero no todas pueden llegar a llamar mi atención verdaderamente. Muertes por choque de autos, atracos, violencia familiar, protestas sindicales, entre otros; me refiero concretamente primero a esos donde el nivel de degradación no es lo suficientemente extremo como para considerarlo ‘terrible’ y segundo a la relación de vulnerabilidad social que viviese la víctima (entre menos vulnerable socialmente, menos terrible) y tercero la cantidad. El que lea esto discernirá que soy una especie de ladrillo, otro dirá que es mi sentencia social como SER HUMANO, y hasta que la extrema derecha nace, crece y se reproduce en mí, pero yo creo que hace parte del reconocimiento de un proceso de desintoxicación el reconocer que llevas y quién eres dentro de ti. Luego de escuchar por noticias los diversos métodos para la liquidación de vidas, de manera sistemática y repetida  durante toda tu existencia, hay algo que inequívocamente está súper naturalizado. Casos y cifras: el uso de hornos para la desaparición de los cuerpos y así evitar que la comunidad internacional conozca sobre el incremento de las cifras, también saber que hay 103.000 víctimas confesas por un solo actor de la guerra (las AUC) pero que sean 294.479 víctimas registradas durante la guerra, que los secuestros entre 1996 y 2010 por las AUC fueron de 24.400 personas, que los sindicalistas asesinados en los últimos dos decenios hasta 2007 fueron casi de 3000 a manos de las AUC, y que el número total de desplazados por la violencia es de 3.163.889 siendo el primero en la lista entre todos los países y el 7% de la población total de Colombia. Vale la pena recordar que las AUC no son los únicos grupos armados sino también el ELN, EPL, FARC, EJÉRCITO NACIONAL, BACRIM y la DELICUENCIA COMÚN.

Las víctimas son más llamativas si tienen menos posibilidades de defensa (con base en un nivel educativo, económico y cultural), es decir sean más vulnerables socialmente o muy importantes y reconocidas, también serán aquellas en las que el modo de asesinato sea más cruento, igualmente si el número es mayor, pero sobre todo será de gran recordación si suman estos tres elementos en uno solo. Caso concreto: las fosas comunes.

Quiero recalcar que no estoy a favor de la guerra, sino a favor de la vida. Que esto hace parte de lo que he vivido como ciudadano, lo cual funciona como testimonio que recoge deducciones y conjeturas de las que no estoy ni nadie puede estar orgulloso. Pero acaso ¿cuánto vale la vida hoy día en términos prácticos? Una bala puede costar desde 25 centavos a 1 dólar mientras los intereses que defiende son exorbitantemente abultados y delirantes. En términos ideales o simbólicos la vida no tiene precio, pero acaso ¿podemos desconocer que históricamente hemos dejado que los niños y niñas del mundo satisfagan las necesidades laborales y sexuales? ¿Cuántos muertos dejaron las dos guerras mundiales? ¿Con cuántos millones sembraron para la fundación de América? ¿Las guerras religiosas? ¿Sabe usted lo que vivieron los africanos y la cantidad que fueron convertidos es esclavos del hombre europeo?

Algunas veces he oído la frase “uno no sabe para quién trabaja” y es cierto. Recordemos que las técnicas que diseñaron los franceses para la tortura y asesinato en el que fueron protagonistas del genocidio armenio, fueron retomadas y mejoradas por los nazis. Estas metodologías de guerra actualmente se usan por todo el mundo, incluyendo Colombia. Esperemos que nuestros hijos puedan ver algún día un mundo verdaderamente justo, equitativo y digno, tanto para la humanidad como para el planeta.

lunes, 25 de octubre de 2010

Ítalo Calvino

Por qué leer los clásicos:




“Por qué leer los clásicos” ensayo de Ítalo Calvino parte de un postulado que va generando el argumento del siguiente y así sucesivamente. De este modo va construyendo un imaginario o serie de ideas sobre las del porqué de leer los clásicos. En algún punto da la impresión de ser una especie de catálogo conceptual (¿será se puede definir así? Jajaja) acerca del tema. 

Parte de ciertos presupuestos sociales, intelectuales o académicos acerca de los clásicos y su lectura. De ellos y sus consecuencias depende lo más importante del artículo, que tiene que ver con que “los clásicos sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado” y por supuesto más allá de lo intelectualizadle es que “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos.”
En suma, el enunciador conjuga el discurso técnico de la academia o la investigación, para ponerlo al servicio de reivindicar el acto “leer a los clas…” dada la importancia y valor social e individual que ello implica; expresa así su punto de vista particular.



Colección de arena:


El ensayo “colección de arena” de Ítalo Calvino se desarrolla en el ámbito de una exposición. En esta las diversas colecciones dan fe de su originalidad, a la vez que construyen el impulso oculto de su origen y su finalidad particular. El enunciador se da la licencia de tomar esta circunstancia como punto de partida para plantear, cuestionar o indagar la existencia humana.

El enunciador expresa que en esta exposición pese a la diversidad de colecciones la de arena era la menos llamativa. Allí entra en un juego de relativización entre “arena y arena” y lo que estas puedan llegar a develar su público, construyendo diferentes ideas del porqué de esta preservación de millones de granitos etiquetados según su lugar de origen. Luego repasa otras colecciones para intentar mostrar ‘lo que dice o puede estar diciendo’ cada una de estas, como el caso de las máscaras antigás, los artículos de Mickey Mouse, o la de las carpetas atadas con cintas; llevando la cuestión a otro nivel: ¿qué es lo que realmente dice esta exposición?, ¿realmente dice algo? 

Luego construye un entrecruzamiento de la exposición de arena (real), con los cuestionamientos de la vida tomando a la arena cómo metáfora para ello. Dejando en un segundo plano el contexto inicial, desarrolla todo un planteo sobre la vida gracias a los diversos frasquitos, como cuando dice: “he llegado a preguntarme qué hay escrito en esa arena de palabras escritas que he alineado en mi vida, esa arena que ahora me parece tan lejos de las playas y de los desiertos del vivir. Quizá escrutando la arena como arena, las palabras como palabras, podamos acercarnos a entender cómo y en que media el mundo triturado y erosionado puede todavía encontrar en ellas fundamento y modelo